El donut es un superviviente nato, quizá el
único bollo de nuestra infancia que ha perdurado a lo largo de las décadas inmune a las modas, a las dietas de
adelgazamiento, a las resurrecciones. El donut es el dulce platónico por antonomasia, redondo, perfecto, la vocal del
asombro girando en torno a un centro que es también un hueco en la memoria, el desagüe por donde se van todos los donuts
que fueron. El donut fue también el primer interrogante filosófico de la niñez: tarde o temprano, en esos tiempos muertos
del recreo, entre el balón deshinchado y la rodilla desollada, alguien acababa preguntándose por el agujero, cómo se
fabricaba, si los hacían en serie o de uno en uno, si los pegaban a cada donut o si ya venían hechos.
Ahora, gracias al despido
masivo de cerca de dos mil empleados de Panrico (casi la mitad de la plantilla) vamos descubriendo la verdad: los
trabajadores amasan la miga y los jefes los agujeros. Del donut la publicidad decía que lo mejor era el agujero, esa
elipsis circular, ese orificio que daba personalidad al bollo, como si lo mejor de un Mercedes no fuese la carrocería ni el
motor sino el aire que cubre la tapicería, como si la belleza de Raquel Welch (que era la moza donut de la época) no
radicara en las turgencias ni las curvas sino en el oxígeno que le ambientaba los tobillos.
Lo peor es que nos lo creímos y así el
donut pasó a convertirse en una de las mejores metáforas del capitalismo, un sistema heliocéntrico con un hueco en lugar de
corazón y una nada central que proporciona cohesión al conjunto. La mano invisible que moldea los agujeros. La corteza
glaseada y la miga tierna no valen gran cosa, igual que el oficio de panadero, lo importante es llegar a la gran oquedad
central: las oficinas, los despachos donde se manejan los maletines y las cifras en grandes ristras de donuts, digo, de
ceros.
De niño yo pensaba que el donut era un bollo genuinamente hispánico, quizá porque en la marca
decía “Panrico”, aunque ya sólo por la fonética de la palabra “donut” tenía que haber sospechado. Hasta que un día, en la
tele, vi a Colombo que entraba en un restaurante arrastrando la gabardina cochambrosa y mordisqueando un donut, y el
camarero le advertía que no podía traer comida de fuera; le quitaba el donut y le preguntaba si quería comer algo. Colombo
guiñaba el ojo como haciéndose el tonto y decía: “Sí, gracias, un donut”. Entonces comprendí que el donut lo habíamos traído
de América, igual que los pantalones vaqueros, que al fin y al cabo no son más que la tela que rodea dos hoyos. Casi todo
lo que venía de América, si te fijabas bien, estaba bastante hueco, era del estilo de la mujer de Colombo, que su marido
siempre hablaba con ella por teléfono y jamás le vimos el pelo. Yo creo que Colombo no hablaba con nadie, que vivía solo
como un perro abandonado y se había inventado un boquete para poder girar en torno de él y colgar ahí el sombrero y la
gabardina. En Panrico echan a la calle a los que se levantan temprano para calentar el horno y hacer la masa, pero
quedarse, se quedan los agujeros.